Construir un país con la mirada baja

A las cinco de la mañana, el frío de San José no es lo único que cala los huesos de Juan. Lleva más de treinta años levantando paredes en esta ciudad, pero cada mañana repite el mismo ritual de invisibilidad: baja la mirada cuando un transeúnte lo observa demasiado tiempo. No teme a la policía, sino al murmullo. A esa frase lanzada al aire que le recuerda que, aunque lleve décadas construyendo las casas de otros, sigue siendo el extraño.

La xenofobia en Costa Rica y reto del continuismo

Juan llegó a Costa Rica en los años ochenta, de la mano de su padre, huyendo del estrépito de la guerra en Nicaragua. Era apenas un niño cuando cruzó la frontera cargando el poco equipaje de los que no tienen otra opción. Ahora, con las manos curtidas del cemento y los años, sigue esperando el autobús que lo lleva a la construcción. Su historia no es una excepción: es el hilo rojo que atraviesa décadas de una relación que Costa Rica nunca ha querido nombrar del todo bien.

Costa Rica siempre ha vendido al mundo una postal de puertas abiertas y democracia verde. Sin embargo, detrás de la marca país, se ha ido gestando un escenario que la Organización de Naciones Unidas (ONU), ya considera inquietante. Solo entre 2024 y 2025, los discursos de odio y la xenofobia en el entorno digital crecieron a un ritmo que desborda cualquier esfuerzo institucional. Lo que antes eran chistes de mal gusto en una pulpería, hoy son algoritmos de rechazo que permean las aulas, los hospitales y las calles. Una frontera invisible que no se cruza en Peñas Blancas, sino en el trato cotidiano.

La xenofobia hacia la población nicaragüense en Costa Rica no es un brote aislado de intolerancia; es un proceso sistémico de construcción de la otredad. Este fenómeno se ha alimentado históricamente de las crisis persistentes en Nicaragua y de una narrativa de excepcionalidad que define a la población costarricense como una anomalía positiva en Centroamérica.

Bajo este relato, Costa Rica se ha proyectado como el reverso civilizado de la región: la paz frente al conflicto, la democracia ante el autoritarismo y la prosperidad frente a la miseria. Sin embargo, esta identidad de Suiza centroamericana se sostiene sobre el cimiento sutill del mito de la blanquitud. Un contrato racial no escrito que otorga beneficios de pertenencia a quienes encajan en el ideal nacional, mientras segrega a quienes portan el acento y la piel de otras fronteras.

Mientras la economía costarricense depende estructuralmente de la mano de obra migrante para sostener la agricultura y la construcción, el imaginario colectivo oscila entre la hospitalidad humanitaria y la criminalización del extranjero, señalado como una carga insostenible para el Estado social de derecho.

1980: La huida de las balas

Desde la década de 1980, la presencia de nicaragüenses en suelo costarricense ha formado parte del escenario nacional. Mientras la sombra de la Guerra Fría recorría Centroamérica, cientos de miles emprendieron la ruta del exilio. Huían de un país al borde del colapso: el triunfo de la revolución sandinista en 1979 desencadenó una década de represión interna y conflicto político. Costa Rica se convirtió entonces en un refugio impensado.

La llegada masiva de nicaragüenses fue gestionada bajo un discurso de solidaridad democrática. El entonces presidente Luis Alberto Monge (1982–1986), proclamó la Neutralidad Activa y Perpetua de Costa Rica, buscando distanciar al país de los conflictos bélicos de sus vecinos mientras reafirmaba su alianza con las democracias occidentales. En este contexto, el migrante nicaragüense era visto principalmente como un refugiado político.

Sin embargo, esta hospitalidad no estaba exenta de tensiones. El anticomunismo virulento de sectores de la derecha radical costarricense comenzó a ver en la masa de refugiados un peligro potencial de infiltración ideológica. La presencia de campamentos en zonas fronterizas y rurales generó las primeras fricciones sociales importantes, donde la población nicaragüense empezó a ser caracterizada como un actor que ponía en riesgo la paz social tica.

Juan: Las cicatrices del cemento

Juan era apenas un niño cuando cruzó la frontera de la mano de su tata y sus hermanos, huyendo de una guerra. Llegó a una Costa Rica que lo recibió con retrato mixto: el discurso oficial de solidaridad democrática convivía con una mirada de sospecha sobre cualquier cuerpo que oliera a extraño.

Su padre trabajó de guarda de seguridad en turnos eternos. Lo explotaron hasta el cansancio. “Mi pobre padre pasó regalando sus noches por un salario de hambre y aguantando humillaciones solo porque le decían que debía “dar gracias”, como si su dignidad fuera una limosna”, dice Juan casi al quiebre del llanto.

Una tarde de su adolescencia le marcó el alma para siempre. Iba en el autobús, regresando del colegio con el uniforme desgastado. Por un frenazo, rozó sin querer el hombro de un señor sentado. El hombre se volvió con una cara de asco que Juan todavía ve al cerrar los ojos.

«¡Qúitese, nica cochino! Váyanse para su tierra a empujar a los suyos, que aquí solo vienen a estorbar y a pegarnos las mañas».

El bus se quedó en silencio. Nadie dijo nada. Juan se bajó tres paradas antes, bajo un aguacero, solo para que no lo vieran llorar de rabia e impotencia. Esas cicatrices no cierran.

Hoy, Juan levanta edificios de lujo que nunca podrá habitar y construye paredes que lo separan de un sistema que no lo reconoce. Trabaja sin seguro, sin beneficios, estirando los colones para que la comida alcance. Prende la televisión y las noticias suenan como una sentencia, “pintan a los nicaragüenses como lo peor, los culpan de cada mal”, asevera.

Pese a las tensiones, hubo una Costa Rica que abrió sus puertas. En las tardes de los ochenta, barrios enteros del Valle Central se poblaron de voces nuevas. Según la socióloga investigadora costarricense, Catalina Benavides, para el censo de 1984, casi la mitad de los 84 mil extranjeros en el país eran nicaragüenses. Eran tiempos de solidaridad donde el olor a frijoles cocidos de hogar ajeno se mezclaba con un temor latente: ¿cuánta gente más vendría con el tiempo?

La idea de la impermanencia se instaló en la psicología social costarricense: la ilusión de que el migrante siempre está a punto de irse, justificando así la ausencia de políticas de integración a largo plazo.

1990: La huida del hambre y el viento

Con la llegada de los noventa y el nuevo milenio, el flujo ya no solo huía de las balas, sino de las ruinas económicas y la furia de la naturaleza, consolidando una migración estructural que cambió el rostro del sur para siempre. En Nicaragua, el costo de la canasta básica superaba con creces el salario promedio real. El impacto catastrófico del Huracán Mitch en 1998 empujó a una masa humana hacia el sur. Costa Rica, en pleno proceso de modernización, necesitaba brazos para recoger café, cortar banano y levantar los edificios de Escazú.

Luisa: La marca invisible

Luisa llegó a este país cuando tenía doce años, colgada del brazo de su mamá Carmen, con una maleta llena de ropa usada y un miedo que se le quedó pegado al paladar. Se instalaron en Guadalupe, al noreste de San José. Desde entonces, su vida ha sido una lucha por limpiar la suciedad de otros, mientras trata de que no le ensucien el alma con sus palabras.

«Lo que más me duele no es el cansancio en la espalda, sino esa mirada de reojo cuando entro a una sala».

Luisa trabaja en casas, limpiando pisos que nunca serán suyos y sacudiendo el polvo de vidas ajenas. Por el solo hecho de ser nicaragüense, su nacionalidad parece venir con una etiqueta invisible de “ladrona”. Aunque nunca ha tenido una mala referencia y sus patronas saben que es honrada, siente siempre una desconfianza en el aire: un conteo rápido de las cucharas o un chequeo de la cartera cuando pasa cerca.

Ha visto a compañeras costarricenses que hacen el mismo trabajo y a ellas nadie las vigila así. Ellas caminan con una soltura que a Luisa le robaron hace mucho.

Su mamá, Carmen, es diferente. Ha pasado por lo mismo, o peor, pero se ha conformado con que “así son las cosas”. Cuando Luisa le cuenta que se sintió humillada, Carmen le dice que no ponga cuidado, que hay que agradecer el trabajito. Ha decidido no llamar “violencia” a los gritos, ni “xenofobia” al desprecio; prefiere creer que es el orden natural del mundo para no morir de tristeza. Pero Luisa no puede olvidar sus años de escuela, cuando sus compañeros y compañeras la acorralaban en el recreo para decirle que olía feo o que se fuera para su país.

«Camino por San José agachando la cabeza, sintiendo que ser nicaragüense es como llevar una marca que me hace blanco de cualquier rabia ajena, aunque lo único que hayamos hecho mi familia y yo sea trabajar hasta que las manos nos sangren».

Cuando Luisa escucha a algún político hablar de los migrantes como una carga, siente que todos en la calle la están señalando. Lo que más la aterra no es el insulto que ya llegó, sino el que podría llegar: “que por esas palabras cargadas de veneno”, alguien pueda hacerle algo a ella, a Carmen, o a su hija.

La Amnistía Migratoria de 1999 fue el hito que marcó esta era. Ante la comunidad internacional, se presentó como un éxito humanitario que le valió reconocimientos; a nivel interno fue tan impopular que el entonces presidente Miguel Ángel Rodríguez omitió mencionarla en sus discursos oficiales para no erosionar su capital político. En este periodo comenzó a consolidarse la narrativa de la “carga social”, señalando a los migrantes como responsables del deterioro de los servicios públicos, a pesar de que su contribución fiscal y productiva era ya el motor invisible del país.

Melisa: El bálsamo y la contradicción

Para Melisa García, la amnistía marcó el comienzo de una vida entera. En 1999, con apenas veintidós años, cruzó la frontera desde Chinandega como parte de esa ola renovadora. Recuerda su llegada como si fuera ayer: el bus de madrugada, la brisa tibia de Ochomogo, y un cartel pintado a mano en la estación del tren que decía “Bienvenidos”.

Consiguió un empleo en la cocina de la Refinadora Costarricense de Petróleo (RECOPE) y de ahí en adelante nada detuvo su marcha. Gracias a su empeño y a que tomaron en cuenta sus estudios previos, subió de ayudante de cocina a cajera en un supermercado.

«Eso depende mucho de la actitud de uno y de la conducta de uno, que a uno lo acojan».

Sin embargo, Melisa sabe que su caso es más la excepción que la regla. Su historia de éxito es un bálsamo necesario, pero también un faro de contradicción: en la misma Costa Rica donde ella halló casa, sus compatriotas siguen siendo vistos por muchos como una “ameraza invisible”.

«Nosotros venimos a trabajar, pero ya ves, la gente cree que venimos a quitarle todo al país».

2000: La huida hacia lo urbano

A partir de la década del 2000, la xenofobia en Costa Rica adquirió un matiz más agresivo y territorial. La presencia nicaragüense dejó de ser un fenómeno de zonas rurales y fronterizas para ser una realidad urbana cotidiana, especialmente en asentamientos informales como La Carpio.

Rosibel: La estabilidad que nunca llegó

Esta cruda realidad golpeó con dureza a Rosibel. Llegó a Costa Rica en el año 2000, cuando apenas tenía 17 años, con sueños sencillos: mejorar la vida de su familia y construirle una casita a su madre. Pero al pisar suelo tico se encontró con un laberinto burocrático que la empujó a la informalidad desde el primer día.

«El gobierno no le ayuda mucho a uno, nos cierran muchas puertas para querer sacar los documentos; nos ponen muchas trabas».

Sin amparo legal, aceptó trabajos domésticos en casas de San José, Heredia y Alajuela. Jornadas interminables que llegan a extenderse hasta la una o dos de la madrugada. Los salarios se atrasan, se descuentan por cualquier pequeño accidente y las palabras mordaces vuelan por los pasillos.

«Nos tratan como que somos un muerto de hambre».

A pesar de haber pasado más tiempo de su vida en Costa Rica que en Nicaragua, Rosibel sigue sintiendo que su contribución es invisibilizada.

«Yo solo busco, la estabilidad que me vendieron al dejar mi tierra».

El caso Canda: La empatía como observadora

En medio de las vidas particulares de testigos como Rosibel, irrumpió un evento que marcó un hito en la violencia simbólica. Era noviembre de 2005 cuando la tragedia de Natividad Canda Mairena se hizo noticia. Canda tenía 24 años cuando dos perros rottweiler lo devoraron lentamente frente a policía, bomberos y un equipo de televisión que observaron el horror sin intervenir.

La reacción social posterior, plagada de chistes y comentarios celebrando la muerte del “nica”, reveló un nivel de deshumanización que conmocionó a los observadores de derechos humanos. Este incidente puso en evidencia que la xenofobia no era solo un sentimiento de rechazo, sino un fenómeno que podía suspender la empatía básica y la protección legal del Estado. La justicia tardó años y finalmente absolvió a los policías al concluir una supuesta “falta de entrenamiento”.

La narrativa oficial del Estado ha promovido activamente actitudes xenofóbicas en momentos de tensión diplomática. Un ejemplo claro fue la disputa limítrofe por Isla Calero iniciada en 2010. Durante este conflicto, el gobierno costarricense apeló a un nacionalismo virulento para denunciar la “invasión” nicaragüense, provocando que cualquier nicaragüense residente fuera visto como un potencial enemigo.

En ese contexto se promulgó la Ley General de Migración y Extranjería de 2010 (Ley No. 8764), que declaró la materia migratoria como un asunto de “interés público y seguridad pública”, otorgando mayores facultades de control a la policía de migración y estableciendo multas y tasas elevadas para los trámites de regularización.

2018 — La huida del autoritarismo

Las manifestaciones antigubernamentales de abril de 2018 en Nicaragua y la subsiguiente represión por parte de la administración de Daniel Ortega y Rosario Murillo, cambiaron drásticamente la composición del flujo migratorio. Entre abril y julio, Costa Rica recibió una oleada masiva de solicitantes de refugio: estudiantes, periodistas, defensores de derechos humanos y campesinos que participaron en las protestas. Entre 2018 y 2022, el número de solicitudes de refugio superó las 197,000, un volumen que el sistema administrativo costarricense ha sido incapaz de procesar con agilidad.

E.: La huida doble

En este escenario se ubica la historia de E. lo que comenzó como un refugio temporal de tres meses se convirtió en una travesía de siete años y medio de lucha. Originaria de Masaya, llegó a Costa Rica en 2018 huyendo de la crisis en su país, y se encontró con la barrera de una xenofobia arraigada en la cotidianidad.

Para E., la discriminación no es un concepto abstracto; es algo que se lee en las paredes y se escucha en los asientos de un bus. En sus primeros días, el impacto fue frontal: un cartel escrito a mano en una unidad de transporte sentenciaba: “Fuera nicas asquerosos”.

«Decía que nosotros los nicaragüenses veníamos a quitarle el trabajo, la medicina, la salud, que le veníamos a quitar la tranquilidad del país».

El episodio más crítico y doloroso ocurrió en el sistema educativo. E. denuncia que el subdirector de la institución donde estudia su hijo lo humilló públicamente.

«Castigó a varios alumnos, incluyendo a mi hijo, porque decía que ‘estos paisas vienen a tierra tica, no respetan, no se dejan querer y vienen a comer y a quitar aire de nuestro país».

La respuesta institucional fue la indiferencia selectiva. Cuando E. intentó solicitar una audiencia con el director, la puerta se mantuvo cerrada para ella. En contraste, observó cómo una madre de nacionalidad costarricense fue recibida de inmediato. Para su hijo, las secuelas son permanentes.

En agosto de 2018, la solidaridad y la xenofobia chocaron frontalmente en las calles de San José. Decenas marcharon llevando banderas de ambos países, alzando pancartas que decían “Hermanos de sangre”. Pero al mismo tiempo, la plaza pública se llenó de camisetas rojas y carteles incendiarios. Hombres agraviados gritaban consignas como “¡La patria no se renta!” y portaban videos en redes con saludos nazis burlones hacia los nicas.

«Ese día que hubo esa marcha, vi que golpearon a algunos nicaragüenses… y yo me sentí mal. Porque todos somos hermanos».

La llegada de Rodrigo Chaves al poder en 2022 marcó un cambio cualitativo en la narrativa oficial. Su discurso ha sido identificado por expertos como un componente del “populismo autoritario” que utiliza a la población migrante como chivo expiatorio. Chaves ha exagerado las cifras de población extranjera para justificar medidas restrictivas, recurriendo al “chauvinsimo del bienestar”. Sin embargo, diagnósticos de la Universidad de Costa Rica y plataformas de chequeo han refutado estas cifras: la población nacida en el extranjero ronda el 10.2%, y el uso de servicios de salud por parte de esta población es apenas de entre 5.6% y 8%, por debajo de su peso demográfico.

La xenofobia hacia la población nicaragüense no es un evento aislado, sino un fenómeno persistente que ha permeado las instituciones y la narrativa oficial del Estado. El denominado «mito de la excepcionalidad» costarricense ha operado como una barrera simbólica que invisibiliza la contribución económica y social de la migración nicaragüense, dificultando su reconocimiento como una parte integral del bienestar nacional.

Las historias de Juan, Luisa, Rosibel, Melisa y E. no son solo testimonios individuales; representan la cronología de una brecha de derechos que se perpetúa. Cada flujo migratorio ha respondido a causas distintas de represión política, crisis económica o guerra, pero todos han enfrentado una frontera que trasciende el límite geográfico.

La integración efectiva requiere ir más allá del aporte al Producto Interno Bruto (PIB); demanda un marco de inclusión social, comunitaria, cultural y política. Mientras las narrativas oficiales mantengan el enfoque del migrante como una carga para el sistema público, se seguirán eludiendo las reformas estructurales necesarias para fortalecer la democracia costarricense.

La garantía de derechos para la población nicaragüense no es únicamente una obligación externa; es el indicador real de la solidez del sistema democrático local. Mientras Juan espera el transporte en la madrugada, Luisa cumple su jornada laboral en hogares ajenos, Rosibel gestiona su estatus migratorio, y E. camina con temor por San José, la coherencia de la democracia costarricense continúa bajo evaluación.

Periodista: Alexander Null

Esta nota fue realizada en el marco de la beca de producción periodística de DW Akademie y el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión (IPLEX). El trabajo forma parte del proyecto global ‘Space for Freedom’, integrado en la Iniciativa Hannah Arendt , promovida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.



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